Rendirse frente a las fronteras
“
Tira para adelante” “No tires la toalla” “Resiste”…
¿Cuántas veces hemos escuchado mensajes de este tipo? ¿Cuántas veces hemos recitado estas mismas palabras frente al que sufre? ¿Cuántas veces nos hemos reprochado no tener la actitud de súper héroe que la situación “supuestamente” requiere?
Brotan automáticamente de nuestra mente como resultado de un aprendizaje que se enraizó, que se enquistó, mucho antes de darnos la oportunidad de hacernos la pregunta necesaria: ¿por qué?
¿Por qué no rendirse? Entendiendo siempre que rendirse no es sinónimo necesario de resignarse.
Existen fronteras en nuestra vida cotidiana. Fronteras que nos impiden el paso, que nos superan, que tiran por tierra expectativas, ilusiones, especulaciones de cómo tendría que haber sido nuestro momento actual o el futuro deseado. Ante esas fronteras surgen todo tipo de “recursos” que en un principio tratan de ayudarnos a forzar el paso y traspasar dicha frontera, hablo de la rabia, de la pena, del miedo, del resentimiento, de la culpa, “de la pataleta” que se apodera de nosotros cuando vemos una esperanza truncada. Es nuestro instinto de supervivencia queriéndonos decir que hay que seguir adelante a toda costa, pese a las dificultades y pese a nuestras limitaciones.
Pero ninguno de estos recursos borra la frontera. Sigue estando ahí, impertérrita frente al sufrimiento que provoca, frente al sufrimiento que nos provocamos precisamente por no aceptar su existencia.
Rendirse frente a la frontera y entender que no es el momento de pasar porque no nos toca, porque antes hay que aprender algo mucho más esencial que colocarnos una medalla, porque antes de pasar cualquier frontera es necesario rendirnos ante nosotros mismos, desnudarnos ante los miedos y decir “estoy frente a la tormenta y puede que no salga, pero también puede que a fuerza de no nadar contracorriente llegue a otra orilla inesperada que me permita volver a ponerme en pie”
Es precisamente ahí, justo en ese momento en que dejamos de luchar y nos rendimos ante las circunstancias, cuando algo, no en la muralla que tenemos enfrente, sino en el abismo caótico en que se ha convertido nuestro ser, cuando aparece una pequeña rendija de luz, apenas imperceptible (de hecho, ni la vemos). Es como cuando amanece, ¿realmente nos damos cuenta del primer rayo de sol de la mañana? Es así como operan los cambios. De repente se va abriendo ante nosotros un camino de certeza. Un camino a veces incómodo (puesto que no era el que esperábamos), a veces disfrazado de incertidumbre, de tiempo que no pasa, de soledad, vacío… pero no por ello equivocado, no por ello menos cierto.
No se trata de ponernos una venda en los ojos para “ver” que al fin pasamos la frontera sin enterarnos. Se trata de saber que nuestro paso no es dirigirse hacia adelante, sino hacia adentro. Y eso es rendirse para continuar creciendo.
¿Y qué pasa con los otros? ¿Con las fronteras de los otros? ¿Podemos tirar de la mano de quien se ha plantado frente a su propia muralla? E aquí una nueva frontera y la respuesta parece seguir siendo la misma: ríndete contigo para que el otro también aprenda a rendirse consigo mismo y pueda al fin caminar solo.
Por generosidad, por respeto, por solidaridad, por sabiduría… entiende que los demás también tienen cosas que aprender, necesitan su espacio para crecer, para darse cabezazos contra un muro que no se vence a base de resistencia ni de fuerza, sino a base de una apertura de su alma, pero antes tiene que encontrarla y nadie sabe el tiempo exacto, y puede que no coincida con tu tiempo ni con tus ganas, ni con tus intentos de que el otro no sufra y se supere. Es así de simple y de… ¿jodido? Pues sí. Porque la aceptación duele, porque quieres decirle al otro que si quiere puede, que la frontera no es invencible y al otro lado le espera algo maravilloso, pero…
¿es eso lo que realmente necesita el otro? ¿necesitabas tú, cuando estabas en la línea de la frontera, sin poder pasarla, que alguien al otro lado te dijera que habían cuerdas por las que escalar?
Sería como haber visto destellos al otro lado pero sin encontrar tu propia luz. Y ese es el único y más verdadero visado: tu propia luz. Y cuando la encuentras sabrás que es insustituible, que nunca la cambiarás por la de otro y que no le servirá a nadie más que a ti, porque sólo tiene intensidad para alumbrar tus pasos, y que quizás, y sólo quizás, ese brillo les recuerde a otros que también pueden encontrar su propio resplandor.
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